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domingo, 10 de octubre de 2010

El placer de descubrir (Richard P. Feynman, extractos)

Niñez

"Un día estaba yo jugando con lo que llamamos un vagón exprés (…). Tenía dentro una bola (lo recuerdo bien) y me fijé en un detalle del movimiento de la bola, así que le dije a mi padre: “Papá, he notado algo: cuando tiro del vagón la bola rueda hacia la parte trasera, y cuando estoy tirando y de repoente dejo de hacerlo, la bola rueda hacia la parte delantera (…), ¿por qué pasa eso?” (…) “Nadie lo sabe. Hay un principio general que dice que las cosas que están en movimiento tratan de seguir en movimiento, y las cosas que están en reposo tienden a permanecer en reposo a menos que ejerzas una fuerza sobre ellas (…). Esta tendencia se llama inercia pero nadie sabe por qué es verdad. (…) Si te fijas bien verás que no es la bola la que rueda hacia la parte trasera del vagón, sino que es la parte trasera del vagón la que tú estás tirando hacia la bola; verás que la bola sigue quieta o que quizá empieza a moverse debido a la fricción, pero en realidad se mueve hacia adelante y no hacia atrás."

Censura en el Proyecto Manhattan

"Y así llega el día, el primer día de la censura. ¡Teléfono! ¡Riiiiing! Yo: “¿Qué?” “Venga, por favor.” Yo voy. “¿Qué es esto?” Es una carta de mi padre. “Bien, ¿qué es?” Hay un papel rayado, y hay unas líneas con puntos: cuatro puntos abajo, un punto arriba, dos puntos abajo, un punto arriba, un punto debajo de un punto. “¿Qué es esto?” Yo dije: “Es un código.” Y ellos: “sí, es un código; pero ¿qué dice?”. Yo dije: “No sé lo que dice.” Dijeron: “Bien, ¿cuál es la clave del código; cómo lo descrifra?”. Yo dije: “Pues no lo sé.” Entonces ellos dijeron: “¿Qué es esto?”. Yo dije: “Es una carta de mi mujer.” “dice TJXYWZ TW1X3. ¿Qué es esto?” Yo dije: “Otro código.” “¿Cuál es la clave?” “No lo sé.” Dijeron: “¿Usted está recibiendo mensajes en clave y no la conoce?” “Exactamente. Juego con ellos. Les reto a que me envíen un código que no pueda descifrar, ¿ven ustedes? De modo que se inventan códigos y me envían mensajes sin decirme cuál es la clave.” Ahora bien, una de las reglas de la censura era que no iban a interferir en nada que uno hiciera normalmente en el correo. Así que dijeron: “Bien, usted va a tener que decirles que por favor envíen la clave con el mensaje.” Dije: “¡Pero yo no quiero saber la clave!” Dijeron: “Muy bien, nosotros sacaremos la clave.” Y llegamos a ese compromiso."

Ciencia y Sociedad

Pienso, y todos ustedes deben saberlo por experiencia, que la gente (quiero decir la persona media, la gran mayoría de las personas, la inmensa mayoría de las personas) son lamentablemente, penosamente, absolutamente ignorantes de la ciencia en el mundo en el que viven, y pueden seguir así. No quiero decir nada de ellos; lo que quiero decir es que pueden seguir sin que les preocupe lo más mínimo (sólo tibiamente) y cuando ocasionalmente ven la CP mencionada en los periódicos, preguntan qué es eso. Y una cuestión interesante de la relación entre ciencia y sociedad moderna es precisamente ésa: ¿por qué es posible que la gente en una sociedad moderna permanezca tan penosamente ignorante, y pese a todo razonablemente felíz, cuando hay tanto conocimiento al que no pueden acceder?

Ciencia y belleza

"no sólo hay belleza en esta escala de un centímetro: hay también belleza en una escala más pequeña, en la escala interna. [...] ¿Existe también ese sentido estético en las formas inferiores? ¿Por qué es estético? Todo tipo de preguntas interesantes que ponen de manifiesto que un conocimiento de la ciencia añade algo a la excitación, el misterio y el respeto por una flor."

Qué es la ciencia

“Pienso que podría definir la ciencia más o menos así: la evolución en este planeta llegó a una etapa en la cual aparecieron animales inteligentes (...) Se dio entonces la posibilidad de acumulación del conocimiento (...) El que la raza tuviese memoria, el que existiese una acumulación de conocimientos transmisibles de una generación a otra era un fenómeno nuevo en el mundo. Pero esta situación implicaba un peligro. Así como era posible transmitir ideas provechosas para la raza, también se podían transmitir ideas que no lo eran.

Vino entonces una época en la que, a pesar de ser muy lenta la acumulación no era siempre de cosas útiles y prácticas sino de todo tipo de prejuicios y de creencias absurdas y extrañas. Finalmente se descubrió una forma de evitar este mal. Dudar de la veracidad de lo que nos es trasmitido del pasado y tratar de determinar ab initio nuevamente esas situaciones a partir de la experiencia, en vez de admitir las experiencias del pasado tal como nos llegan. Esto es la ciencia, es el resultado de descubrir que es valioso volver a comprobar lo logrado mediante las experiencias pasadas de la raza. Así lo veo y es mi mejor definición."

Ciencia que no es una ciencia...

"Debido al éxito de la ciencia, existe, pienso yo, un tipo de pseudociencia. Las ciencias sociales son un ejemplo de una ciencia que no es ciencia. No hacen [cosas] de forma científica, sólo siguen las formas: recogen datos, hacen esto y aquello y todo lo demás, pero no llegan a ninguna ley, no han descubierto nada. No han llegado a ninguna parte todavía; quizá lleguen algún día, pero todavía no están muy desarrolladas, lo que sucede está en un nivel todavía más trivial. Tenemos expertos en todo que parece que fueran expertos científicos. No son científicos, se sientan ante una máquina de escribir y dicen algo parecido a «el alimento producido con fertilizante orgánico es mejor para usted que el alimento producido con fertilizante inorgánico»; quizá sea cierto o quizá no, pero no ha sido demostrado ni en un sentido ni en el otro. Pese a todo, siguen sentados ahí delante de la máquina de escribir como si fuera ciencia y entonces se convierten en expertos en alimentos, alimentos orgánicos y todo eso. Hay todo tipo de mitos y pseudociencia por todas partes.

Quizá yo esté equivocado y quizá ellos sepan todas estas cosas, aunque yo no creo que esté equivocado. Ya ven, tengo la ventaja de haber descubierto lo duro que es llegar a conocer algo realmente, cuánto cuidado hay que poner en comprobar los experimentos, qué fácil es cometer errores y engañarse a uno mismo. Yo sé lo que significa saber algo, y por eso cuando veo cómo obtienen ellos su información no puedo creer que ellos lo sepan, no han hecho el trabajo necesario, no han hecho las comprobaciones necesarias, no han puesto el cuidado necesario. Tengo grandes sospechas de que no saben nada, que esto es [falso] y ellos están intimidando a la gente. Así lo creo. No conozco muy bien el mundo pero eso es lo que yo creo."







Autor(a): Richard P. Feynman
Título: El placer de descubrir
ISBN-10: 8484328260
ISBN-13: 978-8484328261









martes, 5 de octubre de 2010

Todos los Febreros

A qué viene la noche si no es buscando pájaros. Sobre la profundidad que abraza mi balcón, asisto sin palabras a la marea ciega y astuta, sus lápices infatigables, el pausado latido concéntrico de su corazón. Por eso he abandonado el sueño, saliendo de sus manos por un infinito estudio y una segura consecración. Ahora estoy enteramente en la actitud nocturna que las horas más graves exigen. Huyo de los relojes, establezco distancias de mi cuerpo al llamado de timbres y campanas. Sostenido en mi balcón por una paciencia osada, miro llenarse la calle de topacios, en una sorda batalla de sustituciones, hasta que las aristas de toda construcción son arrastradas por la marea de lo que viene y las aguas de la sombra ascienden, con aspirados torbellinos silenciosos, hasta mi refugio. A qué viene la noche si no es buscando pájaros. Cuando está junto a mí, abro los brazos, la bebo profundamente y me dejo ir, ya olvidado de resistencias, como un halcón fulminado o una construcción gótica.

Julio Cortázar de "Fondos de cajón", del libro Papeles inesperados

jueves, 22 de julio de 2010

La Regenta - Capítulo I, de Leopoldo Alas "Clarín"

La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.

Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.

Cuando en las grandes solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre con faroles de papel y vasos de colores, parecía bien, destacándose en las tinieblas, aquella romántica mole; pero perdía con estas galas la inefable elegancia de su perfil y tomaba los contornos de una enorme botella de champaña. -Mejor era contemplarla en clara noche de luna, resaltando en un cielo puro, rodeada de estrellas que parecían su aureola, doblándose en pliegues de luz y sombra, fantasma gigante que velaba por la ciudad pequeña y negruzca que dormía a sus pies.

sábado, 17 de julio de 2010

Julio Cortázar - Rayuela, Capítulo 68

(Leer en Voz Alta)
Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

martes, 8 de junio de 2010

Meditation #17 By John Donne From Devotions upon Emergent Occasions (1623), XVII:

Meditation #17 By John Donne From Devotions upon Emergent Occasions (1623), XVII:


Nunc Lento Sonitu Dicunt, Morieris (Now this bell, tolling softly for another, says to me, Thou must die.)


Perchance, he for whom this bell tolls may be so ill, as that he knows not it tolls for him; and perchance I may think myself so much better than I am, as that they who are about me, and see my state, may have caused it to toll for me, and I know not that. The church is Catholic, universal, so are all her actions; all that she does belongs to all. When she baptizes a child, that action concerns me; for that child is thereby connected to that body which is my head too, and ingrafted into that body whereof I am a member. And when she buries a man, that action concerns me: all mankind is of one author, and is one volume; when one man dies, one chapter is not torn out of the book, but translated into a better language; and every chapter must be so translated; God employs several translators; some pieces are translated by age, some by sickness, some by war, some by justice; but God's hand is in every translation, and his hand shall bind up all our scattered leaves again for that library where every book shall lie open to one another. As therefore the bell that rings to a sermon calls not upon the preacher only, but upon the congregation to come, so this bell calls us all; but how much more me, who am brought so near the door by this sickness.

There was a contention as far as a suit (in which both piety and dignity, religion and estimation, were mingled), which of the religious orders should ring to prayers first in the morning; and it was determined, that they should ring first that rose earliest. If we understand aright the dignity of this bell that tolls for our evening prayer, we would be glad to make it ours by rising early, in that application, that it might be ours as well as his, whose indeed it is.

The bell doth toll for him that thinks it doth; and though it intermit again, yet from that minute that this occasion wrought upon him, he is united to God. Who casts not up his eye to the sun when it rises? but who takes off his eye from a comet when that breaks out? Who bends not his ear to any bell which upon any occasion rings? but who can remove it from that bell which is passing a piece of himself out of this world?

No man is an island, entire of itself; every man is a piece of the continent, a part of the main. If a clod be washed away by the sea, Europe is the less, as well as if a promontory were, as well as if a manor of thy friend's or of thine own were: any man's death diminishes me, because I am involved in mankind, and therefore never send to know for whom the bell tolls; it tolls for thee.

Neither can we call this a begging of misery, or a borrowing of misery, as though we were not miserable enough of ourselves, but must fetch in more from the next house, in taking upon us the misery of our neighbours. Truly it were an excusable covetousness if we did, for affliction is a treasure, and scarce any man hath enough of it. No man hath affliction enough that is not matured and ripened by it, and made fit for God by that affliction. If a man carry treasure in bullion, or in a wedge of gold, and have none coined into current money, his treasure will not defray him as he travels. Tribulation is treasure in the nature of it, but it is not current money in the use of it, except we get nearer and nearer our home, heaven, by it. Another man may be sick too, and sick to death, and this affliction may lie in his bowels, as gold in a mine, and be of no use to him; but this bell, that tells me of his affliction, digs out and applies that gold to me: if by this consideration of another's danger I take mine own into contemplation, and so secure myself, by making my recourse to my God, who is our only security.



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Devoción XVII de John Donne



XVII. Con su lento sonido dicen; morirás
NUNC LENTO SONITU DICUNT, MORIERIS

Quizás aquél por quien dobla esta campana esté tan enfermo que no sepa que toca por él; quizá yo mismo creo estar mucho mejor de lo que estoy, pero los que me rodean y ven mi estado pueden haberla hecho doblar por mí sin que yo lo sepa.
La iglesia es católica, universal, y así son todos sus actos; todo lo que ella hace, pertenece a todos. Cuando bautiza a un niño, este acto me concierne, pues tal niño está ahora unido a esa Cabeza, que también es mi cabeza, e injertado en ese Cuerpo de que soy un miembro. Y cuando entierran a un hombre, este acto me concierne. Toda la humanidad pertenece a un solo autor y es un solo Libro; cuando un hombre muere, no se arranca un capítulo del libro, sino que es traducido a un idioma mejor; y cada capítulo debe ser traducido de este modo. Dios emplea muchos traductores; algunas partes son traducidas por la edad, otras por la enfermedad, otras por la guerra, otras por la justicia. Pero las manos de Dios están en cada versión; y su mano encuadernará nuevamente todas nuestras hojas dispersas, para aquella Biblioteca donde cada libro yacerá abierto junto a otro.
Así como la campana que dobla para el sermón, no llama únicamente al predicador, sino a todos los feligreses para que acudan, también esta campana nos llama a todos; y cuánto más a mi, que me acercan a la puerta a causa de mi enfermedad. Hubo una vez una disputa y hasta una demanda –– en la que se mezclaron piedad y dignidad, religión y estima ––, sobre cual de las órdenes religiosas debería tañer antes para las oraciones de la mañana; y se decidió que primero tañerían las que madrugaran más. Si entendemos atinadamente la solemnidad de esta campana que llama a la oración matutina, nos sentiremos satisfechos de haberla hecho nuestra levantándonos temprano, con la solicitud de que sea tan nuestra como de aquél por quien realmente dobla.
La campana debe redoblar por aquél que piensa en el sonido; y que aunque se interrumpa de nuevo, sin embargo, gracias a ese minuto en el que sonó para él, se une a Dios. ¿Quién no dirige la mirada al Sol cuando éste se alza? ¿Quién aparta sus ojos de un cometa cuando éste aparece? ¿Quién no presta oídos a cualquier campana, sea cual sea la circunstancia en que ésta suena? ¿Y quién puede evadirse de esta campana que lleva a una parte de sí mismo lejos de este mundo?
Ningún hombre es una isla completa en si misma; todo hombre es un trozo de continente, una parte del todo; si un terrón fuese arrastrado por el mar –– y Europa es el más pequeño ––, ocurriría lo mismo que si fuese un promontorio, que si fuese una finca de tus amigos o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me empequeñece, pues estoy en la maraña de la humanidad. En consecuencia, no envíes a preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.



No podemos decir que esto sea una súplica menesterosa o un préstamo de desgracia, como si no fuéramos lo bastante desgraciados por nosotros mismos, y debiéramos ir a buscar más a la casa de al lado, haciéndonos cargo de la desdicha de nuestros vecinos. Sería ciertamente una disculpable codicia si lo hiciéramos, porque la aflicción es un tesoro y apenas si el hombre tiene suficiente. Ningún hombre tiene bastante aflicción sin estar maduro y en su punto, y está hecho para Dios por esa aflicción. Si alguien lleva consigo un tesoro en grandes piezas o en lingotes de oro, y nada tiene acuñado en moneda corriente, no gastará su tesoro mientras viaja. La tribulación es un tesoro en su misma naturaleza, pero no es moneda corriente para ser usada, excepto en que nos ayuda a acercarnos más y más a nuestro hogar, el cielo.
Otro hombre puede también estar enfermo ––enfermo de muerte ––, y su dolor puede yacer en sus entrañas como el oro en una mina, pero no servirle de nada. Pero esta campana, que me habla de su sufrimiento extrae ese oro y me lo dedica. Pues, al considerar el peligro en los demás contemplo el mío propio, y me doy protección a mi mismo, recurriendo a mi Dios, nuestra única protección.

Traducción de Andrea Rubín
Paradojas y devociones de John Donne
cuatro, ediciones, 1997

sábado, 22 de mayo de 2010

La Misma Carta

En esa misma zona, entre Ondarroa y Mutriku, se ubica el barrio de San Jerónimo. En el otoño del 2005 escribí una columna titulada “San Jerónimo”. En ella contaba cómo, adolescente, fui con mis padres a la romería del barrio del mismo nombre. La fiesta se celebra el 30 de Septiembre y todos los años llueve. Por eso los del pueblo le llaman “San Jerónimo, el santo meón”. El caso es que, en aquella ocasión, acudí con mis padres porque en la plaza del barrio tocaba Kaxiano, el acordeonista ciego. En la entrada una mujer me ofreció una carta, como al resto de chavales. La mujer tenía dos barajas y a los chicos nos repartía de una y a las chicas de la otra. Cada uno debía bailar con quien tuviera su misma carta. ¡Qué agobio! Sin poder soportar la vergüenza, tiré la dichosa carta en un rincón y al final no bailé con nadie.
Siempre me preguntaba quién sería aquella chica a la que dejé plantada con mi misma carta. Si habría encontrado el verdadero amor o, si desde entonces, aún estaba esperando a que apareciera su pareja de baile.
Era lo que contaba la columna.
El artículo se publicó en otoño del 2005. Una noche de aquel invierno Nerea se acercó y me dijo, “yo era la chica que en San Jerónimo tenía tu misma carta”.
Desde entonces no nos hemos separado.

Kirmen Uribe. “Bilbao-New York-Bilbao”. Seix Barral. 2009.

domingo, 9 de mayo de 2010

Tocata y Fuga

"There is no excellent beauty that hath not some strangeness in the proportion." Francis Bacon, Of Beauty.

No hay belleza sin un punto de exceso. La iglesia de Santa Marina era un buen ejemplo. Contruida a principios del s. XVIII por los balleneros bajo los auspicios del Marqués de Santa Cruz (el "Vello Pelucas" según el apodo dado a su estatua por los escolines a su estatua con peluca rococó), tenía un órgano más antiguo y hecho para otra iglesia más grande. Por eso era un instrumento y una localización ideal para piezas de los ss. XVI y XVII.

El organista era exquisito, hábil como un cirujano. Su ornametanción, sobria, apropiada al período (ibérico, reinado de los Austrias) enriquecía aún más las maravillosas obras. El repiqueteo de los registros y la nasalidad del organistrum retumbaban como las trompetas del Apocalipsis haciéndome recordar la lectura de la Misa.

Mientras miraba el altar dedicado a Santiago Apóstol, en el que un maremágnum de figuras se entremezclaba: cabezas de inocentes, infieles decapitados, donantes genuflexos, palmas de mártires, hasta los cascos de los caballos. Justo entonces comenzó un Tiento de Cabezón. Sentí como un rapto, un arrbato místico, un abandono, un arrobamiento... y entonces lo entendí todo! ¡Maltida sea! Tenía que salir de alli. Pero no podía. Por lo menos hasta que acabara el concierto. O al menos hasta que mi alma retornara a mi cuerpo.

Tiento al Primer Tono

La mañana era fresca, mucho para ser Mayo, y era tan temprano que el mundo parecía todavía por estrenar. Los pájaros piaban con una fuerza tierna que hacía estremecer las pomaradas, y los toxos, tímidamente en flor y cubiertos de rocío, imploraban al cielo piedad, que, cubierto de un grueso manto de nubes, ofrecía un magnífico espectáculo a levante: sobre las obras de la autovía (cada vez más avanzadas) un rompimiento de gloria. De la otra parte del río unas nieblas cubrían los pinares cual cenefa de organda, decorando el vallle; en las cimas del cordal, tres molinos aquí, seis mas allá, girando acompasados, y lo seguirán haciendo, cual tímidos bailarines en una discoteca. Caballos y vacas puntas pastaban en la ladera, completando la estampa.
Poco después, un breve y espontáneo milgro. Las nubes más delgadas de la gloria se volvieron delgadas y brillantes, como de oro fundido; y una sutil guirnaldada de flores de caalabaza coronó por unos instantes el horizonte despejado sobre las cimas. Fue en ese momento cuando se sintió plenamente en comunión con la naturaleza, o si hacemos caso a Espinosa, con Dios.